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Crackberry , adicción en tiempo real

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Raquel Saralegui
Para LA NACION

Los maniáticos del teléfono inteligente pueden llegar a revisar sus mensajes más de 400 veces al día, y si no lo tienen, sufren el síndrome de abstinencia

Las ventas de teléfonos inteligentes (o smartphones ) en la Argentina se duplicaron de 2007 a 2009. Según Enrique Carrier, jefe de la consultora Carrier y Asociados, se vendieron en 2007 180.000 aparatos, mientras que la cifra aumentó a 370.000 este año. Según estimaciones privadas, 2009 terminará con alrededor de 23 millones de usuarios de Internet en el país, tres millones más que en 2008.

Por la posibilidad de estar siempre conectados y de llevar la oficina a cuestas en dispositivos cada vez más pequeños, los teléfonos inteligentes ganan cada más adeptos entre profesionales, ejecutivos y hombres de negocios. Y así como propician una mayor eficiencia al borrar distancias y acortar tiempos también son el blanco de una adicción que está a la orden del día: el crackberry .


Lejos de denostar los avances de la tecnología móvil, se trata obviamente de una cuestión de uso que, por compulsiva, termina afectando la calidad de vida y la salud. La realidad es que resulta casi imposible quitarle los ojos a la pantalla aun en reuniones importantes de trabajo. Lo mismo que apagarlo durante la noche o ponerle límite a los temas laborales en horas de ocio. Ante la adicción, "su falta genera síntomas de abstinencia, ansiedad, tensión, estrés", enumera Daniel López Rosetti, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina del Estrés.

"La dependencia al teléfono se pone de manifiesto cuando se suprime la relación con el objeto y se altera el estado emocional de la persona, que se muestra irritable, inquieta, preocupada. En algunos casos esta abstinencia puede asociarse a manifestaciones físicas como tensión muscular, acidez o dolores musculares", detalla Verónica Mora, médica psiquiatra, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Una enfermedad

Según una nota del diario español El País y en palabras de Juan Manuel Romero, especialista en adicciones digitales, el " crackberry consiste en mirar más de 400 veces diarias la pantalla del teléfono".

Más allá del número, que impresiona, la frontera entre el uso y el abuso "depende de cada uno y está relacionada con una tendencia previa de la persona", dice Laura Orsi, médica psicoanalista y miembro de la APA. "Se vuelve adictivo si la vida se centra sólo en el uso del teléfono, si se deja de estar con la familia, con los amigos. La adicción tiene que ver con el grado en que se modifican las relaciones interpersonales."

Otro síntoma cotidiano: "Si salís de tu casa y te olvidaste la plata, llegás a la oficina y le pedís prestado a un compañero, pero si te olvidaste el teléfono, seguro que volvés a buscarlo", resalta Susana Calero, médica psiquiatra, jefa del Servicio de Adicciones del Hospital Alvarez y directora del Centro de Asistencia, Capacitación e Investigación de Socioadicciones (Cacis).

Convertido en una herramienta laboral imprescindible, para Juan Cruz Mones Cazón, director de la ONG Idealistas.org y usuario entusiasta, estar hoy sin su teléfono inteligente le resulta imposible: "Es mi asistente personal. Hace un par de años si me olvidaba el celular, no me importaba. Ahora, aunque esté a una cuadra del trabajo, vuelvo a casa a buscarlo. Me reconozco más que fanático, y no con mucha simpatía, como un enfermo de estos dispositivos que me permiten tener unificada la agenda, los contactos, el correo electrónico. Y que además me divierten, se han vuelto un hobby. Estoy siempre pendiente de las nuevas aplicaciones".

Al tiempo que alaba sus bondades, Nicolás Mateo, abogado y empresario movedizo, también admite que el teléfono inteligente se ha vuelto casi una extensión de la mano. "Es una herramienta fundamental para mi trabajo, que me permite estar fuera de la oficina bastante seguido. Prácticamente ya ni uso la computadora porque me informo y me comunico todo el tiempo con el smartphone. Y reconozco que tengo una adicción: estoy todo el día mirándolo a ver qué aparece."

Padre de tres chicos en edad escolar, Mateo también admite que por exigencia de sus hijos trata de usarlo menos: "En casa antes era peor, lo dejaba a la hora de la cena. Ahora lo apago cuando llego, para estar con los chicos".

Sin descanso

Además del perjuicio que puede ocasionar en la relación con los otros, la médica psiquiatra Mora advierte que el hecho de estar "siempre conectado supone una tensión sostenida que no es natural para el organismo, que busca en sus ciclos el momento de descanso y corte; equivale a un estímulo permanente y tiende así a la sobrecarga".

Con ella coincide su colega López Rosetti: "El uso de la tecnología está bien en la medida en que mejore la calidad de vida. Pero cuando la carga de la aplicación de esa tecnología supera la capacidad de la persona puede ser causante de estrés. La herramienta debe estar al servicio de la persona y no al revés".

El uso compulsivo puede acarrear consecuencias físicas. Lesiones en la mano como tendinitis y fatiga del pulgar, lesiones en la vista, además de alterar las horas de descanso, según precisa la médica psiquiatra Calero. Al tiempo que destaca: "La cuestión está en usar la herramienta para la finalidad que tiene y en el tiempo necesario para la dedicación objetiva que se busca. Si terminé la tarea laboral y sigo enganchado con el teléfono, no tengo descanso ni en mi mente, ni en mi relación social, ni en mi relación familiar, que es lo que se termina afectando. Y si bien estos dispositivos permiten aprovechar tiempos de viaje, de espera en aeropuertos, lo cierto es que antes eran momentos donde uno hacía nada y ahora no hacés nada nunca".

Por la misma línea, la doctora Orsi ilustra su propio caso: "Creo que a partir de Internet todos trabajamos un poco más. Yo, por ejemplo, cuando termino de atender a mis pacientes, antes de irme del consultorio, contesto los mails porque muchos se comunican por el correo electrónico".

Con las barreras entre la vida laboral y de ocio cada vez más desdibujadas, tecnología móvil mediante, hasta las vacaciones hace tiempo que dejaron de ser los esperados días de desenchufe. "Hoy todo cambió, las vacaciones tienden a ser más cortas y en la playa casi todos los balnearios ofrecen Internet. Por eso hay gente que se va a lugares aislados, para desconectarse", apunta Orsi.

"Hago grandes esfuerzos para desconectarme completamente en las vacaciones. Trato de chequear sólo una o dos veces por día cómo va el trabajo, pero me cuesta muchísimo. Mi trabajo también es mi pasión, mi proyecto, mi vida, entonces se mezcla todo. Pero llega un punto en que me doy cuenta de que tengo que poner freno", dice Mones Cazón.

Difícil imaginar la vida sin la tecnología móvil, que ha cambiado las costumbres, la forma de trabajar, de estar en contacto. Pero los especialistas consultados coinciden en preguntarse si la conexión permanente implica mejor comunicación.

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Written by Moderator

diciembre 21, 2009 a 1:34 am

Publicado en Uncategorized

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